¿Qué es la ansiedad?

La ansiedad, como la define la RAE, es un estado de inquietud, agitación o zozobra del ánimo. Sin embargo, el constructo de ansiedad abordado en la psicología tiene una connotación más patológica. Mientras que la ansiedad, como tal, podría sentirse por cosas positivas, emocionantes o estimulantes (como una primera cita, la llegada de un paquete importante, los resultados de una prueba de admisión universitaria); cuando hablamos de la ansiedad en el campo de la psicología, nos referimos, usualmente, al Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG), que es una preocupación o nerviosismo extremo cuando hay poca o nula razón para preocuparse, según el National Institute of Mental Health. Es importante realizar esta distinción, ya que la ansiedad, en su definición original, es una respuesta perfectamente natural. Podemos decir que, en términos generales, la ansiedad es la anticipación y preparación de la mente y cuerpo para un suceso. Con esto nos referimos a que, de manera consciente o inconsciente, un individuo anticipa un suceso y experimenta una serie de reacciones en su persona como producto de esta expectativa. Es por esto por lo que anticipar un pleito con nuestra pareja nos podría llevar a una pequeña distracción o inclusive a una taquicardia o sudoración excesiva.

La ansiedad es un proceso puramente adaptativo y con fines, podríamos decir, evolutivos: surge del sistema más básico del aprendizaje humano. La ansiedad puede ser producto del condicionamiento clásico u operante, o producto de un hábito cognitivo. En cualquier caso, el carácter del individuo, su configuración genética, su contexto social y sus aprendizajes previos interactúan para generar una respuesta específica, de mayor o menor intensidad, ante un suceso. La ansiedad, en sí, no es un trastorno o una enfermedad. De la misma manera que los reflejos automáticos corporales no lo son. Es por esto por lo que el Trastorno de Ansiedad Generalizada incluye el adjetivo Generalizada en su descripción. Es decir, las complicaciones no surgen a partir de la presencia de la ansiedad, sino de su permanencia o exceso. Uno de los errores más comunes radica en dicha malinterpretación social. La ansiedad, como el miedo, y las demás señales psicofisiológicas de alarma, son necesarias para la supervivencia humana y no pueden o deben ser eliminadas.

En realidad, la ansiedad despierta los sistemas de preservación y defensa: los músculos se tensan, aumenta la adrenalina y el ritmo cardíaco, nuestra mente se hace más crítica y suspicaz, se reduce el sueño y se despiertan los sentidos. En pocas palabras, el cuerpo se prepara para defenderse, paralizarse o contraatacar. Este sistema es fundamental para un doctor en medio de una cirugía, un conductor a la hora de resolver una maniobra, o un director comercial que busca reparar los daños de una mala decisión. Sin embargo, si este sistema tenía detonadores y respuestas claras en los orígenes del hombre (huir de depredadores y de la escasez de alimentos), en la modernidad, se hace más difícil distinguir la prudencia de su comportamiento. ¿Deberíamos o no sentir ansiedad si un hijo llega más tarde a casa de lo prometido? ¿Es normal sentir ansiedad alta al pensar en ser rechazados por nuestras parejas? Todas estas nuevas amenazas al ser humano y su integridad psicológica son mucho más complejas que correr cuando un león hambriento nos persigue. Es por esto por lo que determinar un nivel unitario de respuestas ansiosas saludables es sumamente difícil.

No obstante, podemos decir que cuando la ansiedad se activa ante supuestas amenazas que, en sí, no representan un peligro para el individuo y su entorno, o cuando las reacciones psicofisiológicas o mentales de la ansiedad son muy extremas, es importante solicitar ayuda profesional. Evidentemente, cada persona se jacta de fortalezas y vulnerabilidades diferentes, por lo que los peligros percibidos cambian según el sujeto; sin embargo, el trabajo con un psicólogo calificado puede ayudarte a encontrar un equilibrio sano entre tu necesidad de protección y tus respuestas ansiosas de defensa.

Artículo escrito por Santiago Celorio Galán.